Reglamentación AEA 90364: lo que tenés que saber antes de presupuestar

Por ElectriApp · 6 de agosto de 2026

Cuando pasás un presupuesto hay una línea que te separa del que improvisa: mencionar bajo qué norma vas a trabajar. En instalaciones eléctricas en Argentina, esa norma es la reglamentación AEA 90364. No hace falta que la cites de memoria ni que la transcribas: alcanza con que tu presupuesto deje claro que el trabajo se hace según la reglamentación vigente. Para el cliente que sabe un poco, eso vale oro; y para el que no sabe, transmite que tenés un marco de referencia y no estás inventando sobre la marcha.

Nombrar la norma también te cubre. El día que alguien discute por qué pusiste tantos circuitos, o por qué el trabajo salió lo que salió, tu respaldo es que estás cumpliendo con lo que la reglamentación pide —no con lo que se te ocurrió—. En esta guía te explicamos, en criollo, qué es la AEA 90364 y los conceptos que más aparecen al presupuestar: los grados de electrificación, los tipos de circuito y las protecciones. Sin números finos —esos los verifica un matriculado con la edición vigente—: la idea es que entiendas qué es cada cosa y para qué sirve.

Qué es la AEA 90364, en criollo

La AEA 90364 es la reglamentación de referencia para las instalaciones eléctricas en inmuebles en la Argentina. La publica la Asociación Electrotécnica Argentina —de ahí la sigla AEA—, que es la entidad que nuclea el conocimiento técnico del sector. En criollo: es el reglamento que dice cómo tiene que estar hecha una instalación eléctrica para que sea segura —qué tiene que tener, cómo se protege, cómo se dimensiona— en una casa, un departamento o un local.

No es un capricho burocrático. Detrás de cada requisito hay una razón de seguridad: evitar incendios por sobrecarga, evitar que una persona reciba una descarga, garantizar que la instalación aguante lo que le vas a conectar. Cuando un municipio o una distribuidora te piden que la instalación esté “en regla”, en el fondo te están pidiendo que respete esta reglamentación. Por eso, aunque el cliente final rara vez la lea, es el marco que ordena tu trabajo.

Grados de electrificación

Uno de los primeros conceptos que aparece es el grado de electrificación. La idea es simple: no es lo mismo la instalación de un monoambiente que la de una casa grande con muchos ambientes y artefactos. La norma clasifica la vivienda en distintos grados según su superficie y su destino, y a cada grado le corresponde una exigencia mínima —principalmente, una cantidad mínima de circuitos—.

Para vos, que presupuestás, el grado de electrificación es lo que traduce “el tamaño y el uso de la vivienda” en “cuánto trabajo y cuántos materiales”. A mayor grado, más circuitos independientes hay que tirar, más protecciones, más cable y más bocas: más horas y más materiales. Por eso, antes de dar un número, conviene ubicar en qué grado cae la vivienda —eso te evita quedarte corto y tener que agregar circuitos que no habías cotizado—.

Los valores concretos —a partir de qué superficie cambia el grado y cuántos circuitos mínimos corresponden a cada uno— los fija la reglamentación y conviene mirarlos en la edición vigente: no los cargamos acá para no arriesgar un número desactualizado.

Los tipos de circuito

La norma también organiza la instalación en tipos de circuito, según para qué se usan. Conocerlos te ordena el presupuesto, porque cada tipo es una partida distinta que podés detallar. Los que más vas a nombrar:

  • IUG (iluminación de uso general): los circuitos que alimentan la iluminación común de los ambientes —las luces del techo, los apliques—.
  • TUG (tomacorrientes de uso general): los tomas comunes donde se enchufa cualquier cosa de uso cotidiano —un cargador, un televisor, un velador—.
  • IUE (iluminación de uso especial): iluminación que, por su consumo o su ubicación, se trata aparte de la general.
  • TUE (tomacorrientes de uso especial): tomas pensados para artefactos de mayor consumo, que conviene que tengan su propia línea para no sobrecargar los tomas comunes.
  • Circuitos de uso específico: líneas dedicadas a un artefacto puntual —el caso típico es el aire acondicionado, pero también un termotanque eléctrico o un motor—. Van solos, con su propia protección.

La lógica de fondo es repartir la carga y separar lo que no conviene mezclar: que la heladera no comparta línea con el aire, que un cortocircuito en un ambiente no te deje toda la casa a oscuras. Cuánto se puede colgar de cada circuito y con qué sección de cable son justamente los números que fija la norma según el tipo: eso lo dimensiona el matriculado, no se improvisa.

Las protecciones que pide la norma

Ninguna instalación está completa sin sus protecciones. La reglamentación exige, básicamente, tres cosas que trabajan juntas:

  • La protección termomagnética (la “térmica”): corta el circuito cuando pasa más corriente de la que el cable aguanta, ya sea por una sobrecarga —demasiadas cosas enchufadas— o por un cortocircuito. Es la que evita que el cable se recaliente y termine en un incendio.
  • El interruptor diferencial (el “disyuntor”): detecta cuando la corriente se “fuga” —por ejemplo, a través de una persona que toca algo con tensión— y corta en una fracción de segundo. Es la protección que cuida a las personas, no al cable.
  • La puesta a tierra: el sistema que desvía a tierra las corrientes de falla para que el diferencial pueda actuar y para que las partes metálicas no queden con tensión. Sin una buena puesta a tierra, las otras protecciones trabajan a medias.

Estas tres tienen que estar sí o sí: no son opcionales ni “un extra para cobrar más”, son parte de una instalación que cumple. Los calibres y los valores de corriente de cada protección se eligen según el circuito que protegen: y ese cálculo es tarea del matriculado.

Por qué esto te importa al presupuestar

Todo esto no es teoría: cambia cómo cotizás. Un presupuesto que respeta la norma tiene, casi siempre, más circuitos y más protecciones que uno hecho “a lo que salga” —y por lo tanto se cotiza distinto—. Si presupuestás por debajo de lo que la reglamentación pide para ganar el trabajo, el problema no desaparece: se traslada al futuro, y el día que hay una falla o una inspección, el responsable sos vos.

Por eso conviene que la norma se note en tu presupuesto. La forma concreta de que se note es desglosar por partida: mostrar los circuitos que vas a tirar, las protecciones que vas a poner, la puesta a tierra. Así el cliente ve que está pagando una instalación completa y segura, no una lista de precios suelta. Si querés repasar cómo se arma ese desglose, lo tenemos en la guía cómo hacer un presupuesto de instalación eléctrica; y en qué datos debe tener un presupuesto válido vas a ver por qué dejar por escrito bajo qué criterio trabajás te termina respaldando.

La norma se actualiza: verificá los números

Una última cosa importante, y es la razón por la que en toda esta guía no vas a encontrar un solo número puntual: la reglamentación se revisa y se actualiza, y los valores concretos —superficies, secciones, cantidades— dependen de la edición vigente y del caso particular. Lo que no cambia son los conceptos: que hay grados de electrificación, que la instalación se divide en tipos de circuito, y que las protecciones son obligatorias. Con eso en la cabeza ya presupuestás distinto.

Para los números finos, la regla es simple: verificalos con la edición vigente de la AEA 90364 o con un electricista matriculado antes de cerrar el presupuesto. Es lo que te mantiene prolijo y te evita el papelón de publicar un valor que quedó viejo.

Pasá tu presupuesto en limpio (gratis)

Cuando tengas el trabajo dimensionado según la norma —los circuitos, las protecciones, la puesta a tierra—, el paso que falta es pasarlo en limpio para el cliente. Armamos una plantilla gratuita para eso: cargás tus datos, el detalle por partida y las condiciones, y descargás el PDF listo para mandar, desde el celular y sin registrarte.

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